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Es mejor pan que coca
Apartes de este artículo
Es mejor pan que coca
La seduccion
La vaca loca

La Julia, Meta, Junio de 2007.

Esta es la historia de un hombre que nunca mezcló pan con coca: siempre se dedicó al pan. A pesar de vivir en un contexto de guerra, don Guillermo logró mantener unida a su familia. Patricia narra su vida de la mano de su padre.

Nuestra familia siempre ha estado frente o en medio de guerrilla o paramilitares. En los lugares donde estuvimos la guerrilla no era la autoridad. En La Julia sí. El primer hecho violento que miré fue un día que pasaron unos guerrilleros con un muchacho que le tenían tapada la cara con una bolsa con camuflado y lo llevaban amarrado; tenía saco negro y botas como del Ejército, no de caucho. De él no se supo nada pues todo el mundo trabajaba con el silencio. Se miraban y se asombraban, pero no decían nada. Ahí fue cuando me di cuenta de que en verdad mandaban.

La Julia es un pueblo más grande que Peñas, donde vivíamos antes, y se veía más la plata en ese entonces. Para uno entrar tenía que tener permiso e ir recomendado de alguien; para nosotros fue fácil porque mis abuelos estaban allá hace muchos años y eran muy conocidos.

Antes de irnos mi papá nos reunió a todos y nos dijo: “allá funciona la guerrilla, les van a decir muchas cosas, de pronto a usted que es la mayorcita la van a enamorar, ojo con eso”. A mi mamá le pidió que le prometiera que no nos dejaría solas. “Si los van a invitar a coger un arma, que a una reunión, no van, me cuentan… y si toca ir, pues van, pero conmigo”. Nos previno.

Convencer a mi mamá del viaje no fue fácil porque estaba muy asustada. Mi papá le explicaba: “mire mija, la verdad es que tengo un negocio y estoy buscando la manera de sobrevivir para seguir educando a nuestros hijos”. Ella dijo que no. Al final mi padre se puso serio: “pues qué pena, pero si usted no se va conmigo entonces me tocará conseguir otra”. Al otro día mi mamá le respondió: “listo, nos vamos”.

Llegamos en el 97. El negocio que arrendó mi papá era una panadería. Nadie nos conocía, pero no fue difícil adaptarnos. Al llegar se ve el Duda y al ver ese delicioso río uno como que queda encantado con él. El pueblo tenía una cuadra principal y unas ocho calles. Casi todas las casas eran en tabla. Había uno que otro negocio. La luz era de planta eléctrica y la ponían de 6 a 9 de la noche entre semana, al medio día una hora y los fines de semana de las 10 a la 1 de la tarde y de 7 a 12 de la noche, para la parranda.

Para poder entrar, la guerrilla primero lo carnetizaba a uno y en ese tiempo recuerdo que exigían el examen de sida. La guerrilla no permitía la prostitución. Tenían multas por mal comportamiento: por ejemplo, si usted daba un puño eran trescientos mil. No se podía formar una pelea porque tenía que pagar una plata y más encima trabajar gratis un poco de tiempo. A veces las personas tenían que durar hasta tres meses sin poder salir para que la guerrilla se confiara de que no eran sapos.

El pueblo se movía bastante; los domingos salía la gente de todos los rincones y el movimiento era duro. Desde que nos levantábamos era venda pan. Manteníamos bien económicamente. Éramos los duros del pueblo, pues era la única panadería; además nos pusieron la administración de los carritos que salían para las veredas y hacían ruta, entonces yo despachaba los tiquetes, pan, dulces, gaseosa, en fin y nunca aceptamos borrachos.

En la Julia la gente vivía de la coca. Los cultivos agrícolas como el plátano eran pocos. Además era muy difícil sacarlos por la pasada del río pues había que pagarles a ellos. Lo que usted moviera y trabajara tenía que compartirlo con ellos. Así fuera una rifa tocaba darles  supuestamente un impuesto y ayuda para las vías. Ellos mismos compraban la coca para venderla a gente que venía de afuera. Entonces como el 90% de la gente cultivaba coca. La verdura llegaba los fines de semana. Entre semana uno se podía morir por una fruta. Nosotros comprábamos porque teníamos planta y podíamos refrigerarla.

Veíamos la coca como cualquier cosa. La guerrilla llegaba a la panadería y le decía a mi mamá: “vecina hágame un favor, ¿cuánto me cobra por dejar esto?”, y dejaban a guardar paquetes que uno sabía que eran coca. Eso hacía que nuestro negocio fuera muy atractivo. Llegaban y en la mesa afuera ponían la gramera y compraban y vendían coca. Imagínese, era como si usted fuera a comprar una libra de arroz, eso era normal. La gente no se extrañaba. Los guerrilleros le decían a uno: “venga niña tenga diez mil, tráigame tal cosa”, así de sencillo.

Veíamos llegar grandes cantidades de plata, que las bajaban ahí en la panadería, se las pasaban a la guerrilla y a mi  papá se las dejaron a guardar muchas veces. Mi papá les servía, mas no se comprometía con ellos y ese fue el punto de discordia más adelante.

Al negocio llegaban todos con plata, con cien, doscientos millones de pesos en una tula y le decían a mi papá: “esto es para fulano, guárdelo ahí mientras viene”. Luego venía el fulano y reclamaba la tula. Hacían negocios como de secuestros en los que llegaban personas a hablar con ellos y les decían: “a usted le toca dar tantos millones”. Eso empezó a parecerle muy riesgoso para la familia a mi papá.
 
La guerrilla siempre pedía colaboración de la gente. Por ejemplo, cuando la toma de La Uribe en 1998, hubo enfrentamientos con el Ejército y a los hombres de las casas los reclutaban para ir a ayudar a pasar guerrilleros heridos y muertos en camiones, y los señores tenían que ir a ayudarles a arreglar los muertos.

Mensualmente se hacían reuniones para los hombres del pueblo, les hablaban y luego tenían que ir a ayudar en los campamentos, a organizar y cosas así. A mi papá le tocó ir una vez y después nos dijo: “si usted va la primera vez, a lo último esta ahí, no se da cuenta y después no se puede salir”, por eso muchas veces se les escondía para no ir. Esa vez que fue, volvió llorando y decía que ojalá nunca tuviéramos que ir por allá porque encontró una niña llorando y eso lo impactó y llegó mal a la casa. “Nunca se les vaya a ocurrir escuchar a esa gente”, nos dijo. Decían que allá cuando entraba una niña se tenía que acostar con el comandante primero.

Don Guillermo recuerda:
Muchos del comercio colaborábamos porque nos tocaba, porque era una orden, pero yo trataba de mantener la distancia, ni un pie atrás. Un día nos invitaron a varios del comercio a un campamento y nos dijeron: “usted y usted, deben entrenar, deben hacer un curso de manejo de armas y estar preparados para esto y esto, contra no sé qué más…”. Nos atendieron muy bien y regresamos de noche a la casa. Como al mes volvieron a reunirnos y nos dijeron que fuéramos a hacer un curso en otro departamento y de ahí había opciones de ir a Cuba; viendo eso les dije, “mire, yo les colaboro en lo que esté a mi alcance, pero tengo mi responsabilidad, mi negocio, mi familia y debo estar pendiente de ellos”. Ese día empezaron a hacerme a un lado.



 
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