| Aún no logro comprender |
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Junio de 2007. A veces nos parece que la vida nunca nos puede cambiar. Todo nos parece tan normal: nuestra familia, nuestros amigos, todo lo que nos rodea… y no nos damos cuenta de que la realidad es otra. Todos los días hacía lo mismo, es lo que recuerdo. Mi mamá se despertaba temprano para hacernos el desayuno pero tenía que pelear con nosotros para que nos levantáramos de la cama. Luego, mi hermana y yo discutíamos por el turno del baño. Mi papá se levantaba un poco más tarde; él era carpintero y el taller quedaba en la casa. Todavía recuerdo que mis papás eran muy unidos. Nos cuidaban mucho. A mi hermana y a mí nunca nos dejaban salir muy lejos. Íbamos de la casa al colegio y los fines de semana a donde mis abuelos. Por eso, cuando salíamos al colegio yo era feliz. Era la oportunidad de observar algo distinto: las calles de mi pueblo llenas de artesanías, las hamacas tejidas a mano, las ruanas de colores vivos. Ese pueblo para mí era hermoso por su gente amable y, además, porque todo el mundo me conocía. Era feliz al caminar por San Jacinto, Bolívar. Para ir a estudiar mi hermana y yo caminábamos siempre por la misma calle porque por allí nos quedaba más cerca. Ahí fue donde sucedió eso que marcó mucho a mi familia. Nosotros éramos muy unidos; hablo de mis tíos, mis abuelos y todos los integrantes de ésta. No éramos ricos pero teníamos recursos suficientes para vivir bien. Un día, como todos los demás, mi hermana y yo nos levantamos temprano para ir a estudiar. Mi mamá nos llamó, nos arregló los uniformes y nos despidió… recuerdo que caminamos por la misma calle de siempre. Era muy temprano, todavía no había mucha gente y en un trayecto abandonado nos sorprendió una camioneta negra de vidrios oscuros. Se detuvo frente a nosotros. Alguien se bajó del carro y preguntó por mí; mencionó mi nombre y mis apellidos. Yo, un niño de tan solo siete años, le extendí la mano y le dije que era la persona por la que estaba preguntando. Cuando tuvo mi mano entre las suyas, me jaló con fuerza y me subió a la camioneta. Asustado, me puse a llorar al ver a esa gente extraña y a mi hermana, una niña de nueve años, llorando y gritando mi nombre. La camioneta empezó a andar hasta que dejó atrás a mi hermana. Aún recuerdo sus ojos llenos de lágrimas y dolor. Llevo esa imagen grabada en mi mente. Cuando la perdí de vista me vendaron los ojos. Todavía no entendía lo que estaba sucediendo y lo único que hacía era llorar. Cansado de hacerlo, me quedé dormido. Cuando desperté, estaba en una casa o, al menos, eso era lo que presentía. Escuché la voz de un señor, era muy gruesa. Él me decía que dejara de llorar, que no me iba a pasar nada; me brindó un pan, le dije que no tenía hambre. Eso fue el primer día. Mi madre dice que todo duró alrededor de un año. Yo no logré precisar el tiempo porque siempre tenía los ojos vendados. Mi mundo era oscuro… no veía nada y siempre escuchaba a la misma persona. Todavía recuerdo que sólo quería ver a mi mamá, a mi papá y a mi hermana. Un día me dijeron que íbamos a salir, que me portara bien y que si lo hacía iba a ver a mi familia. Yo estaba contento pero aún no comprendía lo que estaba sucediendo. El viaje fue largo. Cuando la camioneta se detuvo escuché la voz de mi tío José, quien tenía una relación muy cercana con mi familia. En ese momento, mi alegría fue aún más grande, la ilusión de estar con mi familia era indescriptible. Minutos más tarde no escuché nada… sólo el ruido de la camioneta que se alejaba dejándome abandonado. Tenía los ojos vendados y las manos atadas. De repente, sentí a mi mamá abrazándome muy fuerte. Yo también la abracé. Luego ella me quitó las vendas y las ataduras de mis manos. Le pregunté por mi tío José, le dije que había escuchado su voz… ella se puso a llorar y no me respondió. Luego llegó mi papá y nos fuimos a casa, la alegría fue inmensa, mi hermana me abrazó y me dijo que nunca me iba a dejar solo. Poco a poco me fueron explicando lo que había pasado. Mi mamá me contó que a mi tío se lo habían llevado para que a mí me dejaran en libertad. Fue muy difícil asimilarlo. Pasaron varios días antes de que la policía encontrara el cadáver de mi tío. Hoy, que tengo 29 años, aún no logro entender cómo los seres humanos pueden partir la vida de una familia en dos: en un antes y un después. Esa fue una tragedia familiar.
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