| La historia de mi destierro |
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Febrero de 2008 Vivíamos en un pueblo llamado Tierradentro, en el municipio de Líbano, Tolima. Mi difunto esposo y yo administrábamos un supermercado ahí en el pueblito. Nuestros cinco hijos terminaron la primaria allá mismo en Tierradentro y nos los llevamos para Líbano a estudiar la secundaria. Todos ellos pudieron terminarla ya que nuestros ingresos eran muy buenos gracias a que teníamos una finquita muy productiva: sembrábamos café, yuca, plátano, cacao, maíz, fríjol y tomate. Además teníamos cerdos y un lago con peces. Estábamos tan bien que pudimos mandar a los dos hijos mayores a estudiar administración en Bogotá. En esas, ocurrió lo inesperado: mataron a mi marido en la finca. ¡Qué día tan triste para nosotros ese 23 de junio! A las 7 de la noche nos llega el administrador con semejante noticia… mi hijo menor, quien estaba de vacaciones en Tierradentro, sufrió en carne propia el dolor de ver morir a su padre, un hombre que se caracterizaba por su honradez, responsabilidad y comprensión. Con sólo 15 años, a mi hijo le tocó la terrible tarea de estar en el levantamiento del cadáver de mi esposo. No podíamos creerlo. Sufrimos muchísimo, pero Dios nos dio las fuerzas para poder soportar tanto dolor. Quienes asesinaron a mi marido fueron los de un grupo llamado Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP. Nos extorsionaban y cuando él decidió no darles más plata, me lo mataron. Allí comenzó mi calvario: sostener el negocio y la finca, mantener a mis hijos y darles la universidad a los que estaban en Bogotá… yo sola no podía, así que decidí poner los negocios en las manos de mi hijo mayor, que estuvo al frente de ellos durante 7 años, hasta cuando llegaron los paramilitares y nos sacaron del pueblo argumentando que éramos auxiliadores de la guerrilla. Ahí sí que no entendí nada. ¿Cómo íbamos a andar auxiliando a los asesinos de mi esposo? Pero es que todas las muertes a manos de los paramilitares ocurren porque ellos no investigan, sino que se limitan a escuchar a la gente de la misma región que, por una u otra razón, van señalando a las personas: sólo porque ven que uno tiene una finca y un negocio ya creen que es que uno está lleno de plata. Como nos iba también, la gente del pueblo nos envidiaba, sobre todo los demás comerciantes de Tierradentro. Según escuchamos de la misma comunidad, fueron ellos quienes nos señalaron como auxiliadores de la guerrilla. Por eso fue que los paramilitares llegaron, lista en mano, a sacarnos del pueblo porque si no iban a matarnos. La gente nunca aceptó que mis hijos salieran adelante estudiando y siendo personas de bien, a pesar de que eso se debía a nuestro trabajo y esfuerzo ya que luchamos todos los días por darles lo mejor a nuestros hijos, y hasta el día que mataron a mi esposo estábamos lográndolo. Cuando quedé sola, algunos vecinos de la región pensaron que mi familia se iría a pique y que había fracasado nuestro proyecto de que todos fueran profesionales para que pudieran defenderse solos y no tuvieran que dedicarse a las labores del campo, como nos tocó a nosotros. Mucha de esa gente no podía admitir que una mujer sola pudiera sacar a sus hijos adelante y tener un negocio próspero. Ese 21 de julio, cuando los paramilitares nos sacaron de Tierradentro, quedaron enterrados allí 32 años de trabajo en la finca y el negocio. Por fortuna no mataron a mi hijo mayor, quien estaba en el supermercado en el momento del desalojo. Y ahora nadie nos responde por nada. Hasta los de Acción Social, de la Presidencia, me niegan mis derechos como desplazada porque dicen que sigo viviendo en la zona de desplazamiento, cuando hace 7 años que tuve que irme de Tierradentro para Líbano apenas con lo que mis hijos y yo teníamos puesto.
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