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Lo que la coca nos dejó...

Marzo de 2008

Pedro Ruiz, un hombre de unos  45 años, es propietario de uno de los laboratorios caseros donde procesan la hoja de coca en las montañas de Leiva. Allí trabaja con su compañera y su hijo desde hace más de cinco años. Cuando hay cosecha de hoja  coca todos trabajan en  el improvisado laboratorio en el que sólo hay una cocina y una pieza.

 “Y es que eso es fácil –comenta–: se raspa, se pesa y cuando hay por ahí cinco arrobas se pica. Se le echa cemento, amoníaco, se echa en un tambor con gasolina y se bate por ahí unos diez minutos. Luego se bate, se le amarra un chiro y un colador pa’ que no se vaya la hoja y se escurre. Fácil. Se separa la hoja de la gasolina, se hecha el sulfúrico y se hace un guarapo ahí, luego al guarapo se le hecha harto sulfúrico y se revuelve con un palito hasta que le sale polvo. Y entonces esa es la mercancía. Fácil. Y hay que sacar poquito, ¿no ve que un amigo la compra a 2 millones el kilo?”.

En los brazos de Pedro asoman las primeras manchas que deja el constante manejo de  estas sustancias. Durante los años que ha trabajado con hoja de coca sólo tres veces ha llegado el Ejército al lugar: “pero nunca nos han encontrado, siempre nos han  alcanzado a informar sobre la visita de la ley y hemos tenido tiempo de salir de allí... Desde que estamos por acá, solo una vez nos salieron unos atracadores en la vía a quitarnos la mercancía, pero como íbamos armados los sacamos corriendo”.

Nadie sabe con exactitud cuántos muertos dejó la bonanza cocalera en Leiva. Lo que sí recuerda la gente es que familias enteras se destruyeron porque perdieron a sus seres queridos y hoy están sumidas en la  pobreza, pues todo lo que recibieron por la coca lo derrocharon en bares y burdeles.

“Realmente fueron muy pocas las personas que aprovecharon la platica para transformar su ranchito en una vivienda digna”, dicen con tristeza sus pobladores. De la bonanza, hoy quedan las discotecas, unos cuantos negocios de variedades y las fumigaciones… “La siembra de coca dejó mal enseñada a la gente, todavía hay unas pocas personas que  ven en los cultivos ilícitos la única forma de conseguir dinero, exponiéndose a que aparezca la avioneta y tener que quedar de brazos cruzados”.

No todos se arriesgan tanto como Pedro. Muchos dejaron ya el negocio y buscan otras vías de subsistencia. Don Marceliano Obando es la cabeza de un grupo de personas que buscan con el café y el cacao salir de los cultivos ilícitos y piden al Gobierno Nacional que cambie “los pañitos de agua tibia” por soluciones de fondo como vías adecuadas por donde sacar sus productos agrícolas,  infraestructura en salud, educación, saneamiento básico, servicio de energía y créditos accesibles al campesinado.

Actualmente, a raíz de las continuas fumigaciones y de las políticas de Estado, el corregimiento de El Palmar es un  pueblo fantasma, donde solo queda pobreza, miseria y el recuerdo de la violencia que vivió la localidad.

“Con el reinicio de las fumigaciones a finales de enero,  en las localidades de El Placer, Sindaguas, Armepalo y Hueco Lindo, no solo se acabó con los pocos cultivos de coca que hay en el sector  sino también con cultivos de plátano, café, maíz y fríjol. Y lo peor, es  que después de una fumigación de estas, el terreno se tarda en recuperar y no se puede sembrar nada inmediatamente, hay que dejar pasar un tiempo prudencial”, dice Arbey Pérez, un líder comunitario de la vereda El Placer.

En El Rosal, un corregimiento del sur del Cauca, un campesino dedicado al cultivo de hoja de coca recuerda el momento en que el Ejército retomó el control militar de la zona: “no sé qué era peor: si tener a las Farc encima extorsionándonos o ver a los soldados arrancándonos hasta los tomates de la huerta. Los guerrilleros nos tenían como esclavos, pero el Ejército llegó tratándonos como basura”.

Cuando en ese corregimiento empezaron las fumigaciones, en una de las operaciones el glifosato cayó en el acueducto. “Afortunadamente se dieron cuenta, o si no nos hubiéramos envenenado todos. Duramos hartos días sin poder consumir el agua”, recuerda uno de sus habitantes.

Actualmente, la gente que se dedicaba a la siembra de coca no tiene nada qué hacer y mucho menos con qué comer. “Lo que no acababa la coca lo está acabando el glifosato”.

 
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